Te veo en fotos y me recuerdas al mar, tan lejano ahora. Las olas se pulverizan hacia la luz, mientras cien cipreses se recortan sobre un atardecer en la tripa de un pez tropical.
Cada una
de las mil y una barreras de sonido
que nos separan
abarca un ruido diferente.
Me rodeo de oscuridad y luces tenues. El ambiente es tan sombrio como tranquilo. Los suspiros se vuelven inspiraciones, que juntas producen sonidos
tribales
reales
absurdos.
Las verdades y las razones suenan a decadencia y barrotes de celda. La mentira se pavonea con la planta de un señor importante y artificial, que ofrece caramelos de colores electricos a los niños con cuerpo de viejo.
Se me cierran los ojos, demasiadas noches de desvelo voluntario.
Sólo un deseo, hundirme en un mar de sabanas limpias, recreandome de cada recodo. Disfrutando en medio de un orgasmo espiritual.
Esperando nada.
Y a la vez deseando el tacto de una cabeza
apoyada
dulcemente
contra mi pecho

