Abro los ojos, azul inmenso. Oigo el rumor de las olas, palpitando como un ser vivo. Veo las gaviotas planear bajo el sol de la tarde como extrañas cometas blancas y las veo entrar mar adentro a morir o a vivir intensamente, a la espera de un reflejo, de una sombra, para lanzarse en picado.
Y yo entro al mar también, pero lento, a trompicones. Las olas me golpean los tobillos, las rodillas, el estomago. Y es un agua fria y viva y yo me adapto a su frio, me dejo mecer a su ritmo, dejando pasar el tiempo a oleadas. Sintiendo el vacio bajo mi espalda manteniendome a flote sobre él. El cielo sangra de placer. Bailando sobre el agua, retorciendome sobre las olas, te pienso y te siento como un sueño.
Huelo la sal sobre mi piel
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lunes, 28 de julio de 2008
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