
Paso. Ante mi hay una explanada inmensa que solo supone la columna vertebral del campo de exterminio. Es lo suficientemente grande como para que entrase todo un tren de mercancías a dejar a los prisioneros. La luz es tenue y la nieve lo inunda todo. Según avanzo me doy cuenta que la caseta del guardia se reduce a la entrada. Estoy completamente solo según avanzo. Solo se escuchan mis pisadas en la nieve y al fondo, los ladridos de los perros de las casas del extrarradio. Sólo alcanzo a pensar que estoy pisando historia. Siento como si el tiempo se hubiese detenido después de la liberación. Veo los barracones para mujeres, las ruinas de los cinco crematorios y las cámaras de gas. Los sectores correspondientes a cada grupo de prisioneros: gitanos, judíos, polacos… las torres de vigilancia. Veo rosas hundidas en la nieve y decenas de jarrones vacios frente al monumento a las víctimas. Hay ciervos entre los árboles, se adentrar en el campo con inocencia. No me cabe en la cabeza que pueda ser tan vasto. Allí dentro cabían millones de personas. Según avanza la mañana otro sonido se suma, el de los cientos de cuervos que sobrevuelan Polonia. El paisaje es una fotografía en blanco y negro. Decido irme tras visitar los barracones de aislamiento, donde aún se conservan las camas. Cuando vuelvo a la ciudad, camino del museo en Auschwitz I me cruzo con un autobús de turistas. Lo que me encuentro al llegar al museo refleja todo lo que ya sabemos del holocausto. Objetos olvidados, fotos de los ejecutados a través de un pasillo, mirando al frente, viéndote pasar. Miles de kilos de pelo de judíos. Un paredón silencioso, una cárcel marchita en un sótano apenas iluminado donde no puedo sentirme tranquilo aunque me esfuerce. Arañazos en las paredes de la cámara de gas… Dolor y vergüenza. Algo que no se puede comprender.















